- actualidad
El fenómeno no contado
- Escrito por: Arhoa Battistini
Cada vez que el Fenómeno El Niño se asoma a las costas del Perú, los titulares hablan de lluvias, huaicos, alertas naranjas. Y tiene sentido: las consecuencias para las personas son enormes y urgentes. Pero desde Océano Oculto queremos mirar hacia el otro lado, hacia el mar, hacia las islas, hacia los ríos y preguntarnos: ¿qué está pasando allá adentro?
Porque El Niño no es solo un fenómeno climático, es una perturbación profunda en la vida de millones de seres que no leen pronósticos, que no tienen plan B, y que llevan miles de años aprendiendo a vivir en el ecosistema marino más productivo del planeta: la Corriente de Humboldt.
La cadena que se rompe
El mar peruano es frío porque la Corriente de Humboldt trae aguas profundas hacia la superficie. Esas aguas traen nutrientes. Los nutrientes alimentan el fitoplancton. El fitoplancton alimenta al zooplancton. El zooplancton alimenta a la anchoveta. Y la anchoveta, esa criatura de apenas unos centímetros, sostiene una cadena que llega hasta las ballenas, los delfines, los lobos marinos, el pelícano, el piquero, el guanay y, también, hasta las mesas de todos nosotros.
Cuando El Niño llega, las aguas cálidas del Pacífico ecuatorial avanzan hacia el sur y cubren la superficie del mar peruano como una manta tibia. El problema es que esa manta bloquea el ascenso de las aguas frías y nutritivas desde las profundidades. La productividad del mar cae. El fitoplancton desaparece. Y la anchoveta, que necesita temperaturas de entre 16 y 18 grados para sentirse en casa, hace lo único que puede hacer: hundirse o escapar.
Los que esperan en la orilla
Imagina ser un lobo marino fino en Punta San Juan. Tu ritmo de vida está calibrado para este mar: sales a buscar anchoveta, vuelves a amamantar a tu cría, descansas en las rocas calientes, repites. Llevas milenios haciendo esto. Tu cuerpo está diseñado para estas aguas, para estas temperaturas, para este menú específico.
Luego llega El Niño. La anchoveta se hunde a profundidades que tú no puedes alcanzar. Tienes que nadar más lejos, bucear más hondo, invertir más energía para encontrar cada vez menos comida. Mientras tanto, tu cría espera en la orilla.
Durante el evento El Niño de 1997-98, las poblaciones de lobo marino fino en el Perú cayeron en casi un 75%. Las hembras abortaron en masa en noviembre, y en diciembre los investigadores encontraban cientos de ejemplares muertos en las playas cada día. La recuperación tomó años. Datos documentados por el Programa Punta San Juan y reportados por Patricia Majluf, doctora en biología y vicepresidenta de Oceana Perú.
Pelícano peruano (Pelecanus thagus)Con sus grandes alas y su pico en forma de bolsa, el pelícano solo puede pescar en la superficie. Cuando la anchoveta se profundiza, queda sin alimento. Durante El Niño abandona sus nidos y se dispersa por la costa buscando algo que comer. Sus colonias de crianza colapsan. Según Carlos Zavalaga, director del grupo de investigación de ecosistemas marinos de la Universidad Científica del Sur, en casos extremos las aves adultas también mueren.
La anchoveta (Engraulis ringens)El pequeño pez que sostiene todo. Bajo El Niño, no desaparece: se esconde. Se hunde buscando aguas frías, se pega a la costa, migra al sur. Su biomasa se reduce drásticamente porque las crías juveniles no encuentran el plancton que necesitan para crecer. El estrés térmico las hace incluso bajar de peso, según el oceanógrafo Gino Passalacqua Walter y datos del IMARPE.
Pero El Niño también tiene otra cara
No todo es pérdida. El Niño trae aguas más cálidas, y eso favorece a algunas especies que normalmente no están tan cerca de la costa peruana: el perico, el bonito, la pota, el pez espada. Las conchas de abanico crecen más rápido, aunque suelen alcanzar tallas menores. Aparecen visitantes de aguas tropicales que en condiciones normales no estarían aquí.
El problema no es el fenómeno en sí, el ecosistema lleva miles de años adaptándose a él. El problema es cuando El Niño llega sobre poblaciones que ya estaban debilitadas por la sobrepesca, la contaminación costera o la pérdida de hábitat. Ahí el margen de recuperación se achica bastante. Y con el cambio climático empujando hacia eventos más frecuentes e intensos, eso es algo que vale la pena tener en mente.
¿Y nosotros qué podemos hacer?
No perturbar zonas costeras durante El Niño. Playas de anidamiento, islotes, humedales. Cuando las especies ya están bajo estrés por falta de alimento, la presencia humana no regulada suma un problema más. Si ves un lobo marino varado en la playa, la mejor ayuda es mantener distancia y reportarlo al SERNANP o a una organización de rescate.
Consumir anchoveta fresca. Suena raro, pero tiene lógica: gran parte de la biomasa de anchoveta peruana se convierte en harina de pescado para exportación. Cuando la demanda local sube, hay menos presión industrial sobre el stock, especialmente en años difíciles.
No comprar especies capturadas ilegalmente. Durante El Niño algunos pescadores, ante la escasez, incrementan la presión sobre especies protegidas o en veda. Preguntar de dónde viene lo que compramos no es exagerado.
Apoyar las áreas naturales protegidas. No obstaculizar, no invadir, no sacar recursos. Lugares como la Reserva Nacional Sistema de Islas, Islotes y Puntas Guaneras existen precisamente para que las especies tengan un refugio cuando el mar se complica.
Y después está lo menos tangible pero igual de real: entender qué está pasando. Contárselo a otros. No mirar las noticias de El Niño solo desde el impacto en carreteras o cultivos, sino también desde lo que vive el mar. Eso cambia la conversación, poco a poco.

